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jueves, 2 de junio de 2011

Del abandono

El hombre expuesto a todas las muertes había venido a alimentarse de mí.

Mi cuerpo quedó vacío, como un valle desierto, y me supe desprovista de pétalos, vulnerable a la más mínima brisa en mi tallo de cenizas, columna vertebral casi tronchada que no alcanzo a sentir.

Mis mejillas de algodón son casi polvo. Qué hiciste de mí.

Lentamente he tejido esta pequeña crisálida salada, lágrimas y rocío durante una serpiente días, me he rodeado con las dulces y espesas resinas del sol, de esa piel de páramo incendiado que era el viajero errante.

El recuerdo de sus dedos extenúa en mis párpados todo intento de sueño, pero es la vigilia mi lugar en llamas, mi marca en la frente.

El insomnio.

domingo, 15 de mayo de 2011

El sacrificio


El viajero errante llegó cuando Clitie dormía y entró en su lecho de aire opaco buscando el cuerpo hoguera. Al contemplarla entendió que entre sus pestañas nacía la prolongación de un sufrimiento cálcico, ancestral, sólido como un río de piedra. Entonces el hombre-desierto rasgó los densos mimbres del sueño y penetró como un cuchillo blanco el cuerpo de luz quebrada. Ella le recibió en el nido de ámbar de sus muslos, se alegró con temblor, sacrificó el pájaro frágil de su boca.

Todos los gestos del hombre solar fueron ceremonia: ungió muy despacio los cabellos de Clitie con perfumado incienso, la poseyó en su quietud de cobra aletargada y fatal. Pero susurró otro nombre en su oído, aquella palabra rota, extranjera, que recordaba al lirio rígido de humo.


[Imagen: Mujer durmiendo, Miguel Avataneo]

lunes, 28 de febrero de 2011

Del descuido



Ixión duerme en un lugar desierto, intocable en el útero del sueño.
No la ve brotar de sus sedas rojas, de su tulipán de noche, y caminar por la casa como una novia impura. Hipodamía desvelada junto a la lamparilla bebe un vaso de leche, muy fría, como la espera, como el abandono, como el cuerpo que no la busca. Otros ojos, detrás de la ventana, se extienden hasta los delgados hombros que el camisón descubre.

En qué momento ella va a apagar la luz y entra la fuerza, se rompe la frágil estructura triangular, un sordo forcejeo enturbia el aire. El hombre-centauro tensa el arco del cuerpo al cargarlo sobre su enorme espalda, ese paraje de aceituna azulada surcado por el esfuerzo del hambre, vagamente encendido por la media luna de colgante melena. Las manos duras y largas del extraño le ciñen las costillas, persiguen la estrecha nieve del vientre, y él dice su nombre, quedamente, Hipodamía, fuego fatuo, Hipodamía, de repente estremecida en el alquímico tránsito del espanto a la aguja del deseo. El hombre-centauro aprieta sus tobillos y muñecas, en los labios de Hipodamía se abre un grito oscilando entre el terror y el placer. La impaciencia del extraño al correr con ella en vilo le desgaja el camisón del cuerpo y la seda rojísima se arquea como un pétalo en el aire oscuro.

De nuevo el silencio se suspende y los pasillos rezuman un zumbido vacío. Apenas una nube fugaz roza la frente confiada de Ixión.


[Imagen: El rapto de Deyanira, Guido Reni]