viernes, 11 de julio de 2014

gripe

 
Françoise Huguier




THE PULL

As the flu goes on, I get thinner and thinner
all winter, till my weight dips
to my college weight, and then drops below it,
drifts down through high school, and then
down into junior high,
down through the first blood,
heading for my childhood weight,
birth weight, conception. When I see myself naked
in the mirror, I see I am flirting with my father,
his cadaver the only body this thin
I have seen—I am walking around like his corpse
risen up and moving again, we
laugh about it a lot, my dead
dad and I, I do love being like him,
feeling my big joints slide
under the loose skin. My friends don’t
think it’s funny, this cake-walk
of the skeletons, and I can’t explain it—
I wanted to lie down with him,
on the couch where he lay unconscious at night
and there on his death-bed, let myself down
beside him, and then, with my will, lift us both
up. Or maybe just lie with him
and never get up. Now that his dense
bones are in my ground, I am bringing
my body down. I’m not sure
how he felt about my life. Only twice
did he urge me to live—when the loop of his seed
roped me and drew me over into matter;
and once when I had the flu and he brought me
ten tiny Pyrex bowls
with ten leftlovers down in the bottoms.
But when, in the last weeks of his life,
he let me feed him—slip de the spoon
of heavy cream into his mouth
and pull it out through his closed lips,
I felt the suction of his tongue, his palate, his
head, his body, his death pulling at my hand.



HALÁNDOME DE LA MANO

Adelgazo todo el invierno a medida que avanza la gripe
hasta que mi peso llega al de la universidad,
luego cae aún más, alcanza la secundaria
y va más allá, hasta la primera sangre,
apunta al de mi niñez, nacimiento, concepción.
Me veo desnuda en el espejo y descubro
que coqueteo con mi padre:
el único cuerpo que vi así de flaco fue su cadáver.
Camino como si fuera él resucitado
moviéndose otra vez, y nos reímos mucho los dos,
mi padre muerto y yo. Me encanta ser como él,
sentir mis articulaciones grandes deslizarse
bajo la piel tan suelta. Mis amigos
no ven la diversión, este baile
de esqueletos que tampoco yo logro explicar.
Hubiera querido echarme
en el sofá donde yacía borracho todas las noches,
a su lado en el lecho de muerte, para después,
con mi voluntad, levantarnos a los dos.
O quizá yacer con él y no levantarme más.
Ahora que sus huesos están en la tierra,
llevo mi cuerpo hacia abajo. No sé
qué sentía en relación a mi vida. Dos veces apenas
me instó a vivir: cuando su semilla
me enlazó arrastrándome hacia la materia;
y una vez cuando estuve con gripe y me trajo
diez cuenquitos pirex
con diez sobras en el fondo.
Pero cuando, durante sus últimas semanas de vida,
me dejaba alimentarlo—deslizar la cuchara
en su boca y sacarla entre sus labios cerrados—
yo sentía la succión de su lengua, su paladar, su cabeza,
su cuerpo, su muerte halándome de la mano.


Sharon Olds, El padre. Bartleby Ediciones.

Traducción de Mori Ponsowy



2 comentarios:

  1. i m p r e s i o n a n t e

    como toda la poesía de Sharon

    gracias

    ResponderEliminar